Viernes 5 de junio: El comienzo del viaje

Viernes 5 de junio

El día se iniciaba temprano para los componentes de la expedición Casiquiare. Los que salíamos de Málaga hacia Madrid, desde donde partía el vuelo en dirección a Caracas, estábamos en pie antes de que el sol iluminara las calles. La tensión y la inquietud que producía la aventura que estábamos a punto de iniciar sirvieron, sin duda, para romper sin esfuerzo el abrazo de Morfeo que nos había tenido sumergidos en un sueño que, para algunos, no fue del todo plácido.

Como se había acordado, aproximadamente a las 7,30 h de la mañana todos los miembros de la expedición procedentes de Málaga estábamos en la terminal de salida del aeropuerto. Bueno, no todos, Antonio Román había causado baja cinco días antes por enfermedad, una diverticulitis que hubiera tenido graves consecuencias si le hubiera afectado en plena selva. Antonio era un veterano de los cuatro viajes anteriores y su falta iba a ser sensible en la identificación de las aves, además de que nos dejaba preocupados por su estado de salud. El equipo malagueño estaba entonces formado por José Manuel Ríos, Juan Carlos Tójar, Ana Luz Márquez, Alba Estrada, Miguel Ángel Farfán y Raimundo Real como veteranos de otros viajes, y Carolina Márquez, David Romero, Jesús Olivero y Pelayo Acevedo como novatos.

 La facturación transcurrió sin problemas y no hubo ningún imprevisto de última hora. La estancia en el aeropuerto fue breve, como lo fue también alguna despedida seguida de llanto, y a las 9,30 h ya estábamos volando hacia Madrid. El ambiente era relajado, aunque todavía había algún expedicionario al que le costaba relajarse tras separarse de los familiares.

Al llegar a Madrid aprovechamos para picar algo antes de salir destino a Venezuela. Fue aquí donde se nos incorporó el último expedicionario español, Jorge Lobo, investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales quien fue invitado por Raimundo. Tras las presentaciones iniciales Raimundo aprovechó para ponerle al corriente acerca de las últimas noticias recibidas desde Venezuela en relación a la expedición, las cuales no eran nada esperanzadoras. Hacía dos días que supimos que el actual director del Ministerio del Ambiente en Puerto Ayacucho se negaba a colaborar con el proyecto, sin dar razones para ello, lo que suponía una nueva baja en el equipo de trabajo, la de Juan Carlos Fermín, un ingeniero agrónomo venezolano que nos iba a ayudar con la identificación de las clases de vegetación detectadas por satélite. Pero nos quedaba el apoyo del Ministerio de Educación y, en realidad, con eso era suficiente para estar autorizados a viajar a la zona de selva.

El largo vuelo hasta Caracas no se hizo demasiado pesado y no hubo ningún incidente que resaltar. Como era de esperar sirvió para comentar múltiples aspectos sobre la expedición. En una conversación mantenida con Raimundo me comentaba la inquietud que le planteaba el hecho de no saber si podríamos transmitir la esencia del proyecto al resto de personas y entidades implicadas. Las horas de vuelo dieron lugar a momentos para el descanso, las tertulias y la revisión de las fichas y demás material que se le iba a presentar a las comunidades durante el trabajo conjunto.

Aproximadamente a las 15,00 h llegamos al aeropuerto de Maiquetía. Nada más bajarnos del avión nos provocó cierta sensación de incomodidad el ver a los operarios del aeropuerto con mascarillas, lo cual nos recordó de forma inmediata el problema que estaba causando la gripe A, que ya había matado por entonces a varias personas. La primera sorpresa agradable fue comprobar que todo el equipaje llegó correctamente. La segunda fue ver a Juan Noguera, profesor de la Universidad Central de Venezuela, que esperaba nuestra llegada. Una vez que cruzamos la aduana, Raimundo y alguno más del grupo procedieron a cambiar algo de dinero. Los cambistas ofrecían 7 bolívares fuertes por euro, mientras que el cambio oficial no llegaba a los 3 bolívares.

Por expediciones anteriores ya sabíamos que Caracas era una ciudad muy insegura. Actualmente, está considerada como la ciudad más peligrosa del mundo donde los secuestros express son un hecho con el que se convive diariamente y donde para robar primero se dispara. Conscientes de ello decidimos apurar todo el tiempo posible en el propio aeropuerto. José Manuel y Juan Carlos se fueron en un coche a un hotel donde habían quedado con Juan Olivo, Presidente del Concejo de Puerto Ayacucho, y con el que harían el camino hasta esta última ciudad al día siguiente. Los demás decidimos comer algo en un pequeño restaurante situado en la primera planta, mientras Juan Noguera informaba a Raimundo de un nuevo obstáculo, la existencia de un nuevo Ministerio de los Pueblos Indígenas que debe ahora autorizar las consultas con las comunidades indígenas y que se niega a hacerlo, también sin aducir ninguna causa. Toda la expedición está, por consiguiente, en el aire.

Tras comer tomamos un microbús que nos llevó directamente hasta la estación de autobuses “La Bandera”. Ésta constituía el punto de partida hacia nuestra siguiente parada, San Fernando de Apure, en la región conocida como “Los Llanos de Venezuela”. A medida que ascendíamos hacia el centro de la ciudad tomamos conciencia de la intensidad del tráfico y de lo caótico del mismo. Los arcenes constituían un carril más por el que circulaban tanto camiones pesados como turismos y motocicletas. Impactante fue ver de nuevo las montañas tapizadas de chabolas, llamadas ranchitos, que recuerdan a las favelas brasileñas. El amasijo de chabolas de ladrillo visto, ocasionalmente coloreadas de blanco o azul, pronto se fundió con los barrios residenciales de torres altas que, a su vez, dieron paso al centro de la ciudad.

Tras recoger el equipaje del profesor Juan Noguera, que se encontraba en el hotel Cuatricentenario, fuimos a la estación, que estaba atestada. Era viernes noche, momento en el que se producían una gran cantidad de desplazamientos de personas hacia otras ciudades y estados vecinos. La sensación que daba la estación era la misma que la del resto de la ciudad que habíamos visto hasta ahora. Bulliciosa, sucia, deteriorada y atestada de pequeños puestos ambulantes y mostradores repletos de refrescos, comida rápida y golosinas. Pensé que esta situación de caos, pobreza y suciedad sería la que existía en España varias décadas atrás. Por otra parte, también tenía la sensación de que el grupo que formábamos tenía que resultar bastante raro a los ojos de los venezolanos, cargados como íbamos de maletas y paquetes.

El calor y la humedad tropical se hacían cada vez más patentes. Todos teníamos ganas de que llegara el autobús para poder desprendernos del equipaje y relajarnos un rato. En principio debíamos salir sobre las nueve, pero no lo hicimos hasta dos horas más tarde, lo que constituyó nuestra primera experiencia de larga “espera a la venezolana”. Mientras tanto, durante más de una hora, una voz chillona gritó sin parar “¡Expreso a Maracaibooooo! ¡Expreso a Maracaibooooo!”, que no era para nosotros.  La empresa que nos llevaba se llamaba “El expreso de los llanos”. Nos sentimos muy satisfechos cuando pudimos subir y vimos que los asientos eran espaciosos y confortables. Además, la temperatura del interior resultaba muy agradable si se comparaba con el bochorno que hacía fuera. Lo cierto es que todo apuntaba a que la noche de viaje iba a ser muy agradable y que podríamos descansar durante un buen rato. Pero no fue así.

 

M. A. Farfán, con apuntes de Jesús Olivero, David Romero y Raimundo Real

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