Archivo de Julio de 2009

Sábado 6 de junio: Atravesando los Llanos de Venezuela

Sábado 6 de junio

El viaje hasta San Fernando de Apure duraría unas 6 horas aproximadamente. Nos no había dado tiempo a relajarnos cuando algunos miembros de la expedición ya notaban que la temperatura en el autocar era demasiado baja, de manera que lo que al principio resultó agradable ahora ya resultaba incómodo y nada confortable. David se acercó al conductor para pedirle que subiera un poco la temperatura porque hacía demasiado frío. La respuesta que recibió lo dejó atónito y no es para menos. El conductor le dijo que si no tenía ropa de abrigo y tenía frío que se metiera debajo del asiento. Todas las prendas de abrigo viajaban secuestradas en el maletero. Sin esperanzas de conmover al conductor, y ante la expectativa de una noche muy dura, la guasa fue la única vía de escape.

Cada uno de los expedicionarios sacó del equipaje de mano la ropa que pudo. Raimundo parecía una momia egipcia dentro de un fino saco de dormir, Alba un buzo sin máscara con la cabeza forrada y yo podía pasar por bolsa de basura parapetado entre el plástico de un impermeable azul. Hubo quien recurrió a las camisetas de manga larga, a mantas de viaje, sacos de dormir y hasta las propias mochilas. Este fue el caso de Pelayo, quien no dudó en soportar durante horas el peso de la mochila antes que recibir directamente sobre el cuerpo el chorro de aire frío que salía justo por una de las rendijas que tenía encima de la cabeza. A pesar de sus intentos por pasar el menos frío posible, la noche de viaje le costó una afonía que le duró varios días.

En torno a las 4.30 h llegamos a San Fernando de Apure. Todavía era noche cerrada y, a pesar de la hora, la estación estaba muy concurrida. Al salir del autocar el choque de temperaturas fue fortísimo. Pasamos de un frío intenso a un calor sofocante y húmedo. Allí nos esperaban una furgoneta en la que viajaríamos hasta Puerto Ayacucho y una camioneta para el equipaje, cedidas por la alcaldía de Puerto Ayacucho. Antes de reemprender el camino conocimos a otro miembro de nuestro equipo, Abelardo, veterinario estudiante de post-grado de la Universidad Central de Venezuela que se incorporaba a nuestra expedición y que nos acompañaría también en nuestro viaje de regreso a Málaga, donde tenía intención de realizar una estancia a cargo del proyecto.

Durante una hora, más o menos, viajamos todavía de noche. La furgoneta no era tan espaciosa como el autocar en el que viajamos desde Caracas, pero resultó cómoda y los expedicionarios parecían viajar relajados. En torno a las 5.30 h salió el sol y Los Llanos asumieron todo el protagonismo. Salpicada de baches, la carretera transcurre elevada durante todo el trayecto para evitar que sea inundada durante la estación lluviosa. Precisamente, nos encontrábamos en esta época del año, pero las lluvias todavía no habían sido abundantes. Sin duda esto permitió observar una mayor variedad de animales, ya que éstos se concentraban en las pequeñas charcas existentes. En estos momentos ya se había olvidado el sueño y el cansancio acumulado y el entusiasmo al observar fauna silvestre en Venezuela desplazó cualquier  otro pensamiento que pudiéramos haber tenido instantes anteriores.

Una y otra vez paramos para identificar y fotografiar toda la fauna con la que nos íbamos tropezando. La abundancia y diversidad en torno a cada charca era impresionante. Vimos, entre otras especies, zamuros (un tipo de buitre), garcillas, garzas, ibis escarlatas, babos (caimanes), capibaras, una pareja de hoatzines (extraño ave que presenta garras en los dedos de las alas), peces gato con sus larvas que parecen renacuajos, espátulas, avefrías, charranes, el trepidar del agua por la presencia de los caribes (pirañas) y un colibrí del tamaño de un abejorro. En la orilla de una de las charcas Alba pegó un brinco y se colocó detrás de Rai, asustada por el brusco movimiento de un babo que estaba oculto, justo bajo la superficie del agua, a menos de un metro de ellos. Paramos en un par de ocasiones más, aunque no atraídos por la fauna sino por los puestos de carretera donde se vendía delicioso queso blanco, arepas y empanadas rellenas de carne y verduras.

Recientemente se han construido dos puentes sobre sendos ríos, lo que permitió que sólo el río Orinoco tuviera que ser cruzado en barcaza, ya muy cerca de nuestro próximo destino, Puerto Ayacucho. Una vez en el Estado Amazonas pasamos nuestro primer control militar, algo que en los días sucesivos llegaría a convertirse en una rutina.

Al llegar a Puerto Ayacucho nos dirigimos al Hotel Amazonas, donde nos encontramos con Darío, funcionario de la administración de educación del Estado de Amazonas, quien debía acompañarnos en nuestro viaje por el interior de la selva. Jesús, Pelayo, David y yo nos alojábamos en el Hotel Amazonas. El resto de los expedicionarios se repartirían en las casas de nuestros anfitriones. Rai y Jorge lo harían en casa de César, pariente de Ángel Olivo. José Manuel y Juan Carlos en casa de Olivo, y Ana Luz, Carolina y Alba en una casa cedida por Mara, la mujer de Olivo.

Después del reparto, quedamos en que nos veríamos en el restaurante del Hotel Amazonas para almorzar. Fue aquí donde nos dimos cuenta que no era nada práctico que los miembros de la expedición estuviésemos tan dispersos. Estábamos todos excepto las tres mujeres. No había forma de contactar con ellas ni con Mara, que era con quien suponíamos que estaban. Darío fue a buscarlas pero tampoco las encontró. Al rato llegaron al restaurante del hotel las tres chicas con Mara. Fue entonces cuando el ambiente se relajó y pudimos almorzar tranquilamente. Este hecho hizo que Rai tomara la decisión, respaldada por todos, de que, mientras estuviésemos en Puerto Ayacucho, debíamos estar juntos. Al final, todos nos hospedamos en el Hotel Amazonas, menos José Manuel y Juan Carlos que dormirían en casa de Ángel Olivo.

Después del almuerzo, Juan Noguera y Darío se reunieron con Rai para discutir las opciones que había. Se fue comprobando que no iba a ser posible salir para Atabapo el lunes, como estaba previsto, ya que no se disponía de los permisos requeridos y no se había sacado los boletos para la voladora (una lancha rápida) que nos tenía que llevar allí, que para salir el lunes había que haberlos sacado el viernes. Por tanto, había que aprovechar el lunes para conseguir todos los permisos y partir el martes, el último día que podíamos salir si queríamos realizar el trabajo previsto.

A media tarde llegaron José Manuel y Juan Carlos, que habían viajado por la mañana desde Caracas en el coche de Juan Olivo. Más tarde, mientras Raimundo, José Manuel, Juan Carlos, Darío, Juan Noguera, dos líderes indígenas, un abogado y un militar se reunían en el hall del Hotel Amazonas para dilucidar cuál era la situación en cuanto a los permisos que necesitábamos para realizar la expedición, el resto de componentes del equipo decidimos dar un paseo por Puerto Ayacucho.

Tras la reunión Raimundo nos convocó a todos para ponernos al corriente de la situación. Las noticias que nos trasmitió sólo presagiaban problemas y complicaciones. Se confirmaba que el Ministerio del Ambiente se desmarcaba del proyecto. Además, había un nuevo Ministerio denominado “de los Pueblo Indígenas”, que no nos concedía el permiso para trabajar con las comunidades indígenas. También nos dijo que se había convocado un foro (una conferencia participativa) para el lunes por la tarde, a la que se había invitado a autoridades, universidades y medios de comunicación, para buscar apoyos para el proyecto.

Tras la reunión nos fuimos a cenar a una pizzería. El ánimo del grupo estaba bastante bajo, sobre todo teniendo en cuenta que la expedición estaba en el aire y que, si se hacía, no se iniciaría hasta el martes día 9, porque el lunes debíamos asistir al foro donde se dilucidaría todo. En el mejor de los casos ya habríamos consumido el único día de margen que habíamos reservado por si surgía algún imprevisto en la selva.

 

Miguel Ángel Farfán

Viernes 5 de junio: El comienzo del viaje

Viernes 5 de junio

El día se iniciaba temprano para los componentes de la expedición Casiquiare. Los que salíamos de Málaga hacia Madrid, desde donde partía el vuelo en dirección a Caracas, estábamos en pie antes de que el sol iluminara las calles. La tensión y la inquietud que producía la aventura que estábamos a punto de iniciar sirvieron, sin duda, para romper sin esfuerzo el abrazo de Morfeo que nos había tenido sumergidos en un sueño que, para algunos, no fue del todo plácido.

Como se había acordado, aproximadamente a las 7,30 h de la mañana todos los miembros de la expedición procedentes de Málaga estábamos en la terminal de salida del aeropuerto. Bueno, no todos, Antonio Román había causado baja cinco días antes por enfermedad, una diverticulitis que hubiera tenido graves consecuencias si le hubiera afectado en plena selva. Antonio era un veterano de los cuatro viajes anteriores y su falta iba a ser sensible en la identificación de las aves, además de que nos dejaba preocupados por su estado de salud. El equipo malagueño estaba entonces formado por José Manuel Ríos, Juan Carlos Tójar, Ana Luz Márquez, Alba Estrada, Miguel Ángel Farfán y Raimundo Real como veteranos de otros viajes, y Carolina Márquez, David Romero, Jesús Olivero y Pelayo Acevedo como novatos.

 La facturación transcurrió sin problemas y no hubo ningún imprevisto de última hora. La estancia en el aeropuerto fue breve, como lo fue también alguna despedida seguida de llanto, y a las 9,30 h ya estábamos volando hacia Madrid. El ambiente era relajado, aunque todavía había algún expedicionario al que le costaba relajarse tras separarse de los familiares.

Al llegar a Madrid aprovechamos para picar algo antes de salir destino a Venezuela. Fue aquí donde se nos incorporó el último expedicionario español, Jorge Lobo, investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales quien fue invitado por Raimundo. Tras las presentaciones iniciales Raimundo aprovechó para ponerle al corriente acerca de las últimas noticias recibidas desde Venezuela en relación a la expedición, las cuales no eran nada esperanzadoras. Hacía dos días que supimos que el actual director del Ministerio del Ambiente en Puerto Ayacucho se negaba a colaborar con el proyecto, sin dar razones para ello, lo que suponía una nueva baja en el equipo de trabajo, la de Juan Carlos Fermín, un ingeniero agrónomo venezolano que nos iba a ayudar con la identificación de las clases de vegetación detectadas por satélite. Pero nos quedaba el apoyo del Ministerio de Educación y, en realidad, con eso era suficiente para estar autorizados a viajar a la zona de selva.

El largo vuelo hasta Caracas no se hizo demasiado pesado y no hubo ningún incidente que resaltar. Como era de esperar sirvió para comentar múltiples aspectos sobre la expedición. En una conversación mantenida con Raimundo me comentaba la inquietud que le planteaba el hecho de no saber si podríamos transmitir la esencia del proyecto al resto de personas y entidades implicadas. Las horas de vuelo dieron lugar a momentos para el descanso, las tertulias y la revisión de las fichas y demás material que se le iba a presentar a las comunidades durante el trabajo conjunto.

Aproximadamente a las 15,00 h llegamos al aeropuerto de Maiquetía. Nada más bajarnos del avión nos provocó cierta sensación de incomodidad el ver a los operarios del aeropuerto con mascarillas, lo cual nos recordó de forma inmediata el problema que estaba causando la gripe A, que ya había matado por entonces a varias personas. La primera sorpresa agradable fue comprobar que todo el equipaje llegó correctamente. La segunda fue ver a Juan Noguera, profesor de la Universidad Central de Venezuela, que esperaba nuestra llegada. Una vez que cruzamos la aduana, Raimundo y alguno más del grupo procedieron a cambiar algo de dinero. Los cambistas ofrecían 7 bolívares fuertes por euro, mientras que el cambio oficial no llegaba a los 3 bolívares.

Por expediciones anteriores ya sabíamos que Caracas era una ciudad muy insegura. Actualmente, está considerada como la ciudad más peligrosa del mundo donde los secuestros express son un hecho con el que se convive diariamente y donde para robar primero se dispara. Conscientes de ello decidimos apurar todo el tiempo posible en el propio aeropuerto. José Manuel y Juan Carlos se fueron en un coche a un hotel donde habían quedado con Juan Olivo, Presidente del Concejo de Puerto Ayacucho, y con el que harían el camino hasta esta última ciudad al día siguiente. Los demás decidimos comer algo en un pequeño restaurante situado en la primera planta, mientras Juan Noguera informaba a Raimundo de un nuevo obstáculo, la existencia de un nuevo Ministerio de los Pueblos Indígenas que debe ahora autorizar las consultas con las comunidades indígenas y que se niega a hacerlo, también sin aducir ninguna causa. Toda la expedición está, por consiguiente, en el aire.

Tras comer tomamos un microbús que nos llevó directamente hasta la estación de autobuses “La Bandera”. Ésta constituía el punto de partida hacia nuestra siguiente parada, San Fernando de Apure, en la región conocida como “Los Llanos de Venezuela”. A medida que ascendíamos hacia el centro de la ciudad tomamos conciencia de la intensidad del tráfico y de lo caótico del mismo. Los arcenes constituían un carril más por el que circulaban tanto camiones pesados como turismos y motocicletas. Impactante fue ver de nuevo las montañas tapizadas de chabolas, llamadas ranchitos, que recuerdan a las favelas brasileñas. El amasijo de chabolas de ladrillo visto, ocasionalmente coloreadas de blanco o azul, pronto se fundió con los barrios residenciales de torres altas que, a su vez, dieron paso al centro de la ciudad.

Tras recoger el equipaje del profesor Juan Noguera, que se encontraba en el hotel Cuatricentenario, fuimos a la estación, que estaba atestada. Era viernes noche, momento en el que se producían una gran cantidad de desplazamientos de personas hacia otras ciudades y estados vecinos. La sensación que daba la estación era la misma que la del resto de la ciudad que habíamos visto hasta ahora. Bulliciosa, sucia, deteriorada y atestada de pequeños puestos ambulantes y mostradores repletos de refrescos, comida rápida y golosinas. Pensé que esta situación de caos, pobreza y suciedad sería la que existía en España varias décadas atrás. Por otra parte, también tenía la sensación de que el grupo que formábamos tenía que resultar bastante raro a los ojos de los venezolanos, cargados como íbamos de maletas y paquetes.

El calor y la humedad tropical se hacían cada vez más patentes. Todos teníamos ganas de que llegara el autobús para poder desprendernos del equipaje y relajarnos un rato. En principio debíamos salir sobre las nueve, pero no lo hicimos hasta dos horas más tarde, lo que constituyó nuestra primera experiencia de larga “espera a la venezolana”. Mientras tanto, durante más de una hora, una voz chillona gritó sin parar “¡Expreso a Maracaibooooo! ¡Expreso a Maracaibooooo!”, que no era para nosotros.  La empresa que nos llevaba se llamaba “El expreso de los llanos”. Nos sentimos muy satisfechos cuando pudimos subir y vimos que los asientos eran espaciosos y confortables. Además, la temperatura del interior resultaba muy agradable si se comparaba con el bochorno que hacía fuera. Lo cierto es que todo apuntaba a que la noche de viaje iba a ser muy agradable y que podríamos descansar durante un buen rato. Pero no fue así.

 

M. A. Farfán, con apuntes de Jesús Olivero, David Romero y Raimundo Real